De nuevo, los refugiados

historiadora

Rosa Toran, Historiadora

La debilidad de las lecciones de la historia: de nuevo, los refugiados

El 31 de agosto del año pasado difundimos un comunicado titulado ‘La desmemoria europea’ en el cual denunciábamos la postura de la vieja Europa que negaba acogida y humillaba a millares de personas refugiadas. Lo hicimos con la responsabilidad que nos otorgaba nuestro deber de mantener viva la memoria de nuestros refugiados, aquellos que, en el invierno de 1939, se vieron obligados a permanecer, a enfermar y a morir en los mal llamados campos de refugiados del sur de Francia, y también la de los supervivientes de los campos nazis que, tras su liberación, formularon el juramento del “Nunca más”, en pro de la fraternidad universal.

Aún no ha transcurrido medio año para que nuestras mentes y nuestros corazones se vean todavía más convulsionadas ante la trágica realidad que envuelve la mal llamada civilizada Europa. No cabe repetir lo que los medios de comunicación y las ONG —por cierto, criminalizadas por algunos— nos ofrecen a diario: niños desaparecidos en la nada, naufragios mortales en el Egeo, incautaciones de bienes, alzamiento de alambradas, creación de guetos invisibles, sobornos a terceros países, como Turquía para frenar la llegada a Europa, amenazas a Grecia para convertirla en un muro de contención hacia el centro y norte del continente, identificación con pintura en las viviendas de emigrantes… todo ello acompañado de infames agresiones y manifestaciones xenófobas que llegan a marcar la política de los gobiernos.

syrian_refugees_6El pasado mes de noviembre recordamos La Noche de los Cristales Rotos y tan sólo hace una semana instituciones públicas han conmemorado el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto y de Prevención de Crímenes contra la Humanidad. Homenaje y recuerdo merecido a todos los colectivos que sufrieron en su propia carne el acoso, la persecución y la muerte en manos del nacionalsocialismo, régimen criminal que basó su política en la consideración de la desigualdad de los seres humanos y en su derecho a decidir quienes tenían derecho a la vida y quien estaban condenados a la esclavitud y la muerte. Nos inquieta que la segunda parte de la declaración de la ONU, la Prevención de Crímenes contra la Humanidad, quede no tan sólo relegada a las palabras, sino que planee sobre ella la indiferencia ante hechos consumados, que pueden calificarse, sin duda, como un atentado a la dignidad de las personas, ante el cual los gobiernos e instituciones internacionales no muestran ni tan sólo compasión ni decencia, al contrario, parecen más interesados en la conservación del poder y de un orden internacional injusto.

¿Qué nos enseña la historia? ¿Por qué tantas referencias inanes a aprender del pasado? En Évian-les-Bains, durante 9 días, en el mes de julio de 1938, se reunieron delegados de 32 países, por iniciativa de Franklin D. Roosevelt, con el objetivo de tratar propuestas de ayuda hacia los judíos perseguidos por el régimen hitleriano, pero el miedo a trastocar la política de apaciguamiento hacia el Reich y a amenazar la débil inestabilidad internacional, dio como resultado la negativa a acoger a refugiados judíos, con la única excepción de la República Dominicana, cuyo dictador Rafael Leónidas Trujillo vio en la acogida una posible fuente de riqueza. Un panorama desolador con argumentos al uso: las intocables cuotas de inmigración, la pésima situación económica, el temor a crear problemas internos…

A partir de entonces, los nazis pudieron comprobar que a nadie les importaba el destino de los judíos y realizar con total impunidad el criminal ataque contra las comunidades judías, en la Noche de los Cristales Rotos antes aludida, dando por cierta la declaración del líder sionista Chaim Weizmann, el futuro primer presidente de Israel, después del resultado de Evian: “El mundo parece estar dividido en dos partes: Una donde los judíos no pueden vivir y la otra donde no pueden entrar”.

Hoy, en el mundo, ACNUR contabiliza hasta 60 millones de refugiados, hombres, mujeres y niños que no pueden vivir ni crecer en sus casas, situación que ha devenido crónica en la mayoría de ellos, sin que el bienaventurado mundo occidental reaccione y se reconozca el origen de los conflictos, en buena parte de los casos. Cuando estos refugiados tocan a nuestras puertas, se hace realidad la frase de Weizmann: guerras y hambrunas hacen imposible la vida en muchos lugares del planeta y se alzan barreras a la protección y dignidad de los seres humanos en nuestras casas. Recordemos que Líbano, un país de poco más de 4 millones de habitantes acoge unos dos millones de refugiados, mientras que Europa, con casi 739 millones, no puede o no quiere acoger al medio millón que ha alcanzado sus fronteras. Los signos de alerta ante situación tan catastrófica vienen de lejos sin que se hayan arbitrado medidas políticas y sin que la decencia y la compasión hayan marcado las iniciativas gubernamentales, una vez consumados los hechos de una diáspora sin precedentes.

Si nadie duda en calificar el Holocausto y la persecución y exterminio de millones de personas como el fracaso de la humanidad, ¿cómo se juzgará en el futuro la consunción del tamaño del crimen contra los refugiados en la Europa que se creyó depositaria de los derechos humanos? Nos duele la pasividad e inoperancia de los foros internacionales y de los gobiernos, más atentos a sus rendimientos electorales que a la defensa de las personas. Por responsabilidad, por el deber contraído con nuestros antepasados, los republicanos antifascistas, por nuestra dignidad, no cejaremos en denunciar las palabras vanas frente a la asunción de las lecciones de la historia.

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