EL PARADIGMA CAPITALISTA

EL PARADIGMA CAPITALISTA

Muchos artículos de este cariz se pueden leer últimamente en los diversos medios de comunicación de masas debido principalmente a la situación económico financiera con la que convivimos y que no tenemos claro en que va a desembocar.

De todo lo que va apareciendo, en ocasiones, se nos “abren las carnes” cuando vemos las posturas con intenciones ventajosas que adoptan algunos sujetos intervinientes en el sistema frente a lo que ellos mismos han creado y que, aprovechando que “el Pisuerga pasa por Valladolid”, intentan sacar rendimiento para volver a llenar sus arcas o, como mínimo, no perder el volumen de sus beneficios.

La palabra paradigma, entendida como un conjunto de elementos o agentes que aparecen alternativamente e interrelacionados en algún contexto especificado o modelo, se puede utilizar para informar, sacar una imagen o foto de la realidad y de como se mueven las variables o agentes en una sociedad en un momento dado (limitación de espacio y tiempo), aunque nos refiramos a la “aldea global”.

A mediados del siglo XIX un filósofo alemán de origen judío, que vivió la primera gran crisis del capitalismo industrial y la subsiguiente crisis política, trató de dar unas explicaciones racionales a estas convulsiones y sus relaciones causa-efecto. Debido a ello, expuso una predicción de la evolución socioeconómica y la participación de la clase más débil y que más sufría los avatares de las crisis financieras, que eran, como ahora son, los trabajadores y trabajadoras. Su paradigma hoy en día está en desuso, o eso se ha pretendido interesadamente desde algún sector social. Aunque, cada vez que leemos los postulados del autor, no dejan de explicarnos claramente algunos conceptos y relaciones que siguen vigentes.

Dentro de las teorías de este pensador al que nos hemos referido en el párrafo anterior, se encontraba la de la “plusvalía”, que grosso modo, se puede explicar como la diferencia entre lo que cuesta pagar un bien o servicio para que sea producido y lo que se obtiene de él en su venta en el mercado. Esta diferencia revierte, no en el que produjo el bien o servicio, sino en quien posee los medios para que se hagan y comercialicen esos productos. De tal modo que el sistema que regula las relaciones entre productor y poseedor de los bienes, determina que sea éste último (el poseedor) quien tenga el derecho de apropiación de esa diferencia que hemos llamado plusvalía. Esto produce como consecuencia una acumulación de riqueza en manos de unos pocos (que ya antes ostentaban el privilegio de ser pudientes) y la de pauperización del resto que ofrece sólo su fuerza de trabajo. Hasta aquí, todos de acuerdo, en cuanto a la foto que explica el mecanismo hoy imperante de interrelación de los agentes, pero… El mercado, en su libre competencia y discurrir, está organizado para que los poseedores de los medios de producción se lleven los frutos más apetecibles de esa producción…Y ¿Qué pasa si lo que se vende no deja plusvalía, sino, minusvalía económica?…

En principio quien ha asumido el riesgo y se enriqueció con las plusvalías, debería hacer frente a esas minusvalías en sus ganancias… ¡Craso error!

Veamos: en el modelo actual de globalización ideológica, o lo que también diríamos “pensamiento único”, que el Fondo Monetario Internacional y similares tratan de imponer con sus recetas como paradigma para los países en vías de desarrollo que requieren sus consejos, sería “lo que el mercado da o lo que el mercado quita”.

Sin embargo, cuando de quitar se trata… Y esta medida puede afectar a los poderosos de los países llamados desarrollados o del grupo de los 8, los grandes en el sistema económico de corte liberal imperante, reculan para aplicarse a sí mismos las recetas del mercado. Así, encontramos que quienes han provocado el desaguisado por su excesivo afán de acumulación rápida de capital, sin visión de futuro, ven que para sus intereses de lucro el modelo quiebra y es entonces que acuden al paradigma intervencionista para solucionar su problema. Entonces llaman al Estado (entendido como garante del bienestar de los ciudadanos), nacional o internacional, para que apuntale los defectos de sus excesos mercantilistas. Piden que se equilibren las pérdidas con inyección financiera pública y así seguir manteniendo su modelo económico, con el pago de unos y el interés para otros.

Y lo que es más, aprovechando la situación, vuelven a solicitar que sea el Estado el que regule para imponer modelos de flexibilidad en la contratación y en el despido de mano de obra, en el pacto individual de las jornadas de trabajo… Ya que se ven, cuanto menos, débiles o sin credibilidad moral para proponer estos criterios en los acuerdos o convenios negociados entre las partes y solicitan que sea el Estado el que se moje, una vez más, les saque la castaña del fuego, para volver a beneficiar sus intereses en un modelo económico que ha demostrado que ni se autorregula, ni ofrece garantías, ni sirve para redistribuir la riqueza. Ojo, en la flexibilidad del despido no incluyen que se eliminen las cláusulas de rescisión de los contratos para los “gurús” de las altas cuentas que ocupan los puestos de dirección de las empresas financieras y que han demostrado la inutilidad de su servicio provocando lo que hoy todos sufrimos; a ellos, si se les rescinde la relación contractual, se les debe pagar y así reclaman, esas cláusulas, bien engordadas, por despido … El paradigma capitalista.

Jaime Gonzalez (Politólogo)

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